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La Guachita Parte 3

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Wednesday, 15 April 2015
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MIÉRCOLES

A las cinco de la mañana del miércoles, se despertó Amaranta. No había dormido bien. Estaba en espera de una noticia crucial para el resto de su existencia y todo parecía indicar que la iba a recibir ese día que iniciaba. De cualquier forma, después de escuchar la noticia iba a comenzar una nueva vida.

Al igual que los dos días anteriores, Amaranta quiso retornar al pasado, para seguir recordando sus años de adolescente, sobre todo, esa etapa que definió el rumbo de su vida. Envió la memoria a escudriñar lo ocurrido después de la muerte de su madre, en 1976.

Se había quedado a vivir en Tondoche, para estar al lado de su padrino Ernesto y para protegerse de cualquier ataque de Casildo o de algún otro sujeto que quisiera abusar de ella.

En junio concluyó la Secundaria. Don Ernesto y Dalia fueron los únicos seres queridos que la acompañaron en la clausura. El padrino le regaló una motoneta y Amaranta lo agradeció con grandes muestras de alegría.

La Guachita recibió carta de Tzirandi, en la que la felicitaba por la conclusión de los estudios y, además, le preguntaba la fecha en la que iba a llegar al Distrito Federal, para volver a vivir juntas.

Antes de contestarle, Amaranta deseaba tener una conversación con su padrino Ernesto, además de preguntarle a la familia de Pablo Emilio si sabían algo de él, porque la última vez que abordaron el tema, le informaron que seguían sin recibir noticia de su existencia.

La Guachita conversó con don Ernesto acerca de la propuesta de su hermana y le pidió opinión sobre el particular.

– Mira, princesita –manifestó su padrino-, yo voy a apoyar lo que tú decidas. En mi opinión, deberías irte a la ciudad de México a continuar con tus estudios y a vivir con tus hermanos.

– ¡Pero, yo no me quiero ir de Zirándaro, porque ya no voy a estar con usted! ¿Por qué no viene a vivir con nosotros?

– No, princesita, yo no me quiero ir de mi pueblo nuevamente. Quiero morirme aquí, sólo que fuera absolutamente necesario dejaría Zirándaro. Aquí vivo feliz, únicamente en este lugar soy el que quiero ser.

– ¿Y si yo se lo pido?

– Sabes que no puedo negarte nada. Me iría contigo, pero mi corazón se quedaría acá.

– No, pues así no. ¿Para qué me sirve sin corazón en la capital? ¿Me puedo quedar con usted?

– ¡Por supuesto, ésta es tu casa también y va a ser sólo tuya cuando yo muera!

– No hable de muerte, por favor. Ya le dije que usted no se va a morir.

– No te ciegues, todos nos vamos a morir. Cada día que pasa me acerco más al final de mis días.

– Padrino, por favor, no vuelva a decir eso. Yo sin usted me marchitaría a los dos días.

– Agradezco tu comentario, pero tú tienes toda la vida por vivir. Te falta conocer el amor, casarte, tener hijos y terminar una carrera universitaria.

– A veces creo que yo no nací para el amor.

– ¿Por qué dices eso? ¿A poco ya se te salió Pablo Emilio del corazón?

– No, pero él se enamoró de mi hermana y, por si fuera poco, desde que se fue a Estados Unidos no sé nada de él. ¡Parece como si se lo hubiera tragado la tierra! A ratos veo su figura distante y borrosa, como si se alejara de mí.

– En cualquier momento va a regresar o a escribir.

– ¿Y si le pasó algo?

– Ojalá y no. Ya verás que tarde o temprano tendrás noticias de él.

– Eso espero.

Amaranta dio por concluido el diálogo con su padrino. Enseguida, le dio un beso y se subió a la motoneta. Iba a Zirándaro para saber si la familia de Pablo Emilio había recibido noticias de él. La respuesta fue la misma, no había novedades.

Amaranta le contestó la carta a Tzirandi y le dijo que iba a permanecer un tiempo más en Tondoche, con su padrino, porque deseaba estar en el pueblo cuando regresara Pablo Emilio.

En noviembre de ese año, Amaranta decidió definir su futuro, así que realizó un profundo ejercicio de introspección. Para poder asumir la mejor decisión, analizó los factores más importantes que debía tener en cuenta, en esos días:

  1. Seguía sin tener noticias de Pablo Emilio, nada sabía de él
  2. No quería irse de Zirándaro
  3. Vivía feliz en Tondoche, al lado de su padrino Ernesto, éste se desvivía por complacerla y protegerla. El sentimiento que los unía era cada vez más sólido y refinado. Su horizonte promisorio se veía amenazado por dos nubecillas periódicas: la posibilidad de la muerte de don Ernesto y la amenaza permanente de Casildo, toda vez que a éste lo habían visto en el pueblo y en los alrededores de Tondoche, un par de ocasiones.

Amaranta no podía olvidar el último ataque de Casildo. Tuvo la absoluta certeza de que él la iba a violar y de que su padrino podría morir en cualquier momento.

Después de un par de días de continua reflexión, La Guachita tomó una decisión: se iba a quedar en Tondoche, al lado de su padrino y si Pablo Emilio regresaba a Zirándaro, ya pensaría qué hacer en su momento. Eligió el día de su cumpleaños número 16 para comunicarle sus planes a don Ernesto e iniciar una nueva vida.

El siguiente mes, diciembre, Amaranta festejó su cumpleaños en Tondoche, con Dalia y don Ernesto, además de los trabajadores del rancho. Ninguno de sus hermanos pudo acompañarla. Luis Pedro andaba de viaje con el diputado, fuera del país. Tzirandi estaba embarazada y el doctor que la atendía le recomendó que no viajara. Gilberto decidió quedarse al lado de su hermana mayor.

 

Amaranta recordó con una sonrisa de plena satisfacción ese diciembre y el inicio de su nueva vida. Esa nueva etapa de su existencia duró 15 años y, con mucho, fueron los mejores que había vivido, hasta entonces.

En ese lapso, conoció a un Ernesto muy diferente. Descubrió facetas muy interesantes de su personalidad. Siempre le daba su lugar, a pesar de su corta edad, le enseñó muchas cosas, la llevó a conocer diversos lugares, en México y en el extranjero. Lo único que no le gustaba de él era que le presentara muchachos que intentaban conquistar su corazón. Cuando le preguntaba por qué lo hacía, la respuesta de su padrino era la misma:

– Quiero morirme tranquilo al saber que alguien va a cuidar de ti.

Ninguno de los pretendientes tuvo éxito. El corazón de Amaranta estaba ocupado y nadie más podía habitar en él.

 

Emocionada con los recuerdos, La Guachita decidió meterse a bañar, así que retiró las cobijas y dejó al descubierto su hermoso cuerpo desnudo. Se estiró y acto seguido se fue al baño. Recibió el chorro de agua caliente con verdadero placer y todavía, con los vestigios de los últimos recuerdos en la mente, empezó a enjabonarse el cuerpo. Segundos después, se dio cuenta de que llevaba un buen rato quitándose el jabón del pubis y que estaba excitada. Exclamó para sí misma:

– ¡Ay, guachita!

Salió del baño y, después de secarse, inició su ritual del arreglo personal. Mientras lo hacía, retomó sus evocaciones. Se situó en marzo de 1977, en ese mes nació el primer hijo de Tzirandi y Carlos Augusto, Erasmo Carlos. Amaranta fue la madrina, así que ella, Dalia y don Ernesto viajaron al Distrito Federal, para el bautizo.

El reencuentro con los hermanos llenó de alegría a La Guachita. Se sintió amada por ellos, otra vez. Luis Pedro también estuvo presente.

Tzirandi vivía muy feliz, a pesar de que tuvo que abandonar sus estudios para encargarse de las labores del hogar. Gilberto ya era todo un jovencito y estaba a punto de terminar la Secundaria. Amaranta, Dalia y don Ernesto estuvieron 15 días en la ciudad de México y luego retornaron a Zirándaro. Padrino y ahijada se fueron a Tondoche, a continuar su vida en el pequeño mundo armónico y feliz que habían construido.

En diciembre de ese año, se volvieron a reunir los hermanos Pineda González, pero ahora el punto de encuentro fue Zirándaro. Anduvieron de fiesta en fiesta. El día 21, Luis Pedro y Marfelia Aburto se unieron en matrimonio. Él estaba doblemente feliz, por haberse casado con la mujer que amaba y porque, a partir del primer día del siguiente año, iba a iniciar su trienio como presidente municipal.

Tzirandi conversó todo el tiempo con Amaranta, era evidente que le preocupaba su bienestar.

– ¿Cómo van las cosas, hermanita? –Preguntó Tzirandi-.

– ¡Muy bien, gracias a Dios, hermanita! –Contestó Amaranta-.

– ¿Cómo andas del corazón?

– Lo tengo ocupado.

– ¿Pablo Emilio?

– Pues, ¿qué te puedo yo decir?

– ¿Qué sabes de él?

– Nada, absolutamente nada.

– ¿Crees que le pasó algo?

– No lo sé, espero que no.

– ¿Y no piensas olvidarlo?

– No, nunca lo voy a olvidar, pase lo que pase.

– ¿A poco no tienes otros pretendientes?

– Sí, uno que otro.

– ¡Sí, cómo no, son muchos! ¡No creas que no me doy cuenta!

– Pues, sí, pero a todos les falta algo.

– Ya llegará, ya llegará. A ver quién llega primero, Pablo Emilio u otro. ¿Cómo vives en Tondoche?

– ¡De maravilla, me encanta ese lugar! El trabajo del rancho es muy interesante, he aprendido mucho.

– ¿Y cómo te trata don Ernesto?

– ¡Es un amor, cumple todos mis caprichos!

– ¿Y no te juntas con gente de tu edad?

– ¡Sí, cómo no, Dalia y yo nos vemos todos los días! Mi padrino me trae por las tardes al pueblo y me deja sola todo el tiempo para que yo haga lo que quiera, aunque siempre está pendiente de mí.

– ¿Te ha seguido molestando Casildo?

– No, ya no, pero viene con frecuencia a Zirándaro y lo han visto cerca de Tondoche, pero estamos bien protegidos. Me siento segura y poco a poco se me va olvidando lo que me hizo sufrir ese desgraciado.

– ¿Y qué haces en las tardes en Zirándaro?

– Muchas cosas, juego voleibol, voy a la refresquería con mis amigos, me la paso con Dalia, nos ponemos a cantar, en fin, de todo un poco.

– ¿No te arrepientes de haber dejado de estudiar?

– Un poco, pero no me gusta vivir fuera de Zirándaro.

– Entonces, ¿eres feliz?

– ¡Muchísimo, sólo me faltan mi ahijado, tú y Gilberto, porque ya regresó Luis Pedro y lo voy a ver todos los días!

– Me da mucho gusto escucharte así.

– Y a mí verte tan feliz y con una familia hermosa.

– Sí, Carlos Augusto es un hombre excelente y mi hijo, una bendición de Dios.

Luis Pedro inició su gestión presidencial el 1º de enero de 1978 y, desde los primeros días, dio muestras de que su gobierno iba a estar encaminado a servir a la gente de todo el municipio y a canalizar debidamente el presupuesto municipal.

En diciembre de ese año, Amaranta cumplió la mayoría de edad y su padrino le dio como regalo un viaje a Europa. Se fueron un mes y ella retornó feliz porque había conocido lugares increíbles.

 

Amaranta terminó de arreglarse y ahuyentó momentáneamente los recuerdos. En esa ocasión no se demoró tanto en el ritual cotidiano. Eligió un pantalón tipo pescador y una blusa color beige, como vestuario. Se recogió el cabello en una cola de caballo y el resultado fue espectacular, se veía muy hermosa. Bajó a la cocina, dispuesta a preparar el almuerzo. Antes de hacerlo, llamó por teléfono a Pablo Emilio:

– ¡Hola, guapo, buenos días! ¿Cómo amaneciste?

– ¡Hola, preciosa, buen día! Amanecí muy bien, feliz por el día de ayer y porque falta menos para que aceptes ser mi esposa.

– ¡Hala amigo, no se te olvida, eres una chinchita!

– ¡Cómo se me va a olvidar, si con ello se va a cumplir el sueño más acariciado de mi existencia!

– Bueno, pues ya llegará ese momento. Llamé para tres cosas: la primera para saludarte, la segunda para invitarte a desayunar…

– ¿Y la tercera?

– Para decirte que te amo.

– ¡Pues todos tus motivos me encantaron, pero más el último! ¡Yo te adoro! ¿Quieres que lleve algo para el desayuno?

– Eso decídelo tú, iba a preguntarte qué querías que hiciera.

– No lo sé, ¿tú qué prefieres?

– ¿Qué te parecen huevos con longaniza?

– De acuerdo. Voy a llevar chicharrones, aguacates, toqueres y queso.

– El queso lo pongo yo.

– ¡Burrrras!

– ¡Ja, ja, ja, no seas majadero! Ayer me trajeron queso fresco de Tondoche.

– Fue una bromita, preciosa. Te pusiste de pechito y ni modo de perdonártela. ¡Ja, ja, ja! ¿A qué hora quieres que llegue?

– Dame una media hora, para que doña Agus alcance a llegar con el desayuno.

– Muy bien, allá nos vemos al rato. Gracias por la invitación, preciosa. Te mando mi corazón en un beso.

– Mejor me los das, el corazón y el beso, cuando me veas.

– ¡Claro que sí, ya lo verás!

Amaranta colgó el teléfono y se enfrascó en la preparación del almuerzo.

Después de unos minutos, Pablo Emilio y doña Agustina llegaron a la casa de Amaranta. Se habían encontrado en el mercado y de ahí se fueron a desayunar con La Guachita. Después de los saludos de rigor, ocuparon sus lugares en la mesa y dieron cuenta de los suculentos desayuno y almuerzo. Al final, Amaranta se levantó para servir dos tazas de café, una para ella y otra para Pablo Emilio. Sabía que doña Agustina no lo acostumbraba porque le espantaba el sueño, a pesar de ello, se lo ofreció:

– ¿Quiere café, doña Agus?

– ¡Sícuas, dijo la Cucha de Cuambio! –Contestó doña Agustina, con su habitual alegría-.

– ¿Y ese milagro? –Inquirió sorprendida Amaranta, mientras servía una taza más de café-.

– Pues hoy me voy a destrampar, porque me da mucho gusto verlos juntos y felices. ¡Hacen muy bonita pareja!

– Gracias doña Agus –manifestó La Guachita, mientras tomaba una de las manos de Pablo Emilio-.

– Yo también le digo a Amaranta que hacemos bonita pareja, para ver si la convenzo de casarse conmigo, pero hasta ahorita no lo he logrado. ¿Cómo ve doña Agustina?

– No se preocupe, don Pablo Emilio, esta palomita ya está en su nido –contestó doña Agustina-.

– No se crea, parece que sí, pero no –reviró Pablo Emilio-.

– Usted sígale, va bien. Acuérdese que el que no chilla, no mama. Ya verá que pronto lo va a aceptar –insistió doña Agustina-. Además, ustedes los hombres generalmente consiguen lo que se proponen. ¡Son más necios que la caca cuando quiere salir!

Amaranta y Pablo Emilio se rieron a carcajadas de lo dicho por doña Agustina.

– ¿A poco no? –Reiteró la señora-.

– Pues sí, tiene razón –contestó Pablo Emilio-, pero luego las mujeres se hacen mucho del rogar. ¿O no?

– ¡Anda puta, si una primero tiene que saber las intenciones del pretenso y no soltarles luego, luego el chacape!

– ¡Vaya usted lo soltó cinco veces, doña Agus! –Intervino Amaranta-.

– ¡Y hasta más, pero es que mero los julanos luego, luego me hallaron el modo!

– ¿Y a poco sí le gusta Pablo Emilio para mí, doña Agus? –Cuestionó Amaranta-.

– Seguro, es un buen hombre, honrado, trabajador, alegre y muy respetuoso. De ésos ya no hay muchos.

– ¿Y yo, le gusto para él? –Preguntó nuevamente La Guachita-.

– Claro que sí, usted está rete chula y él también tiene lo suyo. ¡Está bueno el tapón pa´l guaje! ¿Por qué pues no acepta casarse con él? ¿Qué pero le ve? ¿No lo quiere?

– Lo quiero con toda mi alma, pero hay algo que debo saber antes de aceptar su propuesta de matrimonio.

– Sólo que sea por eso, pero yo creo que usted debe decirle el impedimento que tiene y él verá si decide continuar adelante o no. Ya no dejen pasar más tiempo, la vida es muy cortita. Más vale arrepentirse de haberse casado que de no haberlo hecho.

Ustedes tienen todo para ser felices el resto de sus días. No desaprovechen eso, no todos cuentan con segundas oportunidades en la vida. Así que maman o les quito el pecho.

Amaranta y Pablo Emilio escucharon con atención las palabras de doña Agustina y, con sendos movimientos de cabeza, demostraron que estaban totalmente de acuerdo con ella. La vida les brindaba una nueva oportunidad de ser felices, quizá iba a ser la última, así que sería una estupidez desdeñarla.

Conversaron un buen rato más, hasta que Pablo Emilio se levantó para despedirse.

– Pues la plática está muy buena y la compañía es inmejorable, pero tengo que irme porque voy a Guayameo. Gracias por el desayuno, preciosa, estuvo delicioso. ¿Verdad que sí doña Agustina?

– Sí, todo estuvo muy rico, pero algunos chicharrones estaban sollamados –indicó la aludida-.

– Que te vaya bien, guapo. ¿Cuándo regresas?

– Mañana, por la tarde. ¿Quieres que te traiga algo?

– Pues a ver si encuentras tecuches y coyoles.

– Muy bien, cuídate mucho. Te amo.

– Y yo a ti. Que Dios te cuide y te traiga con bien.

– Gracias. Hasta mañana, doña Agustina. ¡Cuídese el chacape!

– ¡Eh, pa´ pachichuras! Ya no hay nada qué cuidar, lo tengo jubilado hace muchos años. Que le vaya bien, hasta mañana.

Amaranta acompañó a Pablo Emilio. Ambos continuaban riéndose por la respuesta de doña Agustina. Se despidieron con un largo beso y un abrazo prolongado. Acto seguido, La Guachita se subió a la recámara, quería continuar su viaje por el pasado. Se acomodó en un sillón de la terraza y lanzó su memoria en busca de los momentos más felices de los 15 años que vivió con don Ernesto, en Tondoche.

El trabajo en el rancho era arduo por temporadas, pero muy productivo. La experiencia, inteligencia y visión de don Ernesto habían incrementado notablemente los ingresos. El patrimonio creció hasta convertirlo en un hombre rico. Amaranta era su colaboradora más eficiente y, por lo mismo, también gozaba de los frutos del trabajo realizado. Su padrino le regalaba todo lo que ella podía necesitar y más, mucho más. Era dueña de un enorme guardarropa, tenía más zapatos y alhajas de las que llegó a imaginar.

Por si fuera poco, viajaban dos veces por año, una al interior del país y la otra al extranjero. Tuvo la oportunidad de estar en Argentina, Brasil, Colombia, Chile, Perú, Costa Rica, Panamá, Cuba, Estados Unidos y otros países más. Conocer otros lugares, costumbres distintas y personas diferentes se convirtió en una necesidad permanente en Amaranta, por lo mismo, se aficionó a la lectura y al cine.

Cuando estaban en el pueblo, tenían una vida social muy activa. Su padrino la llevaba a todos los bailes y a las fiestas a las que los invitaban. Además, don Ernesto organizaba comidas periódicas en Tondoche y le pedía a su ahijada que invitara a sus amigos o a quien quisiera. De tal forma, que era frecuente ver en el rancho a Luis Pedro con Marfelia, a Dalia y su novio, además de todos los seres más queridos de La Guachita. En algunas ocasiones también los acompañaron Tzirandi, Carlos Augusto, Gilberto y Erasmo Carlos.

En esos comelitones, no podía faltar la música. Siempre había un grupo de música regional y como conocían las preferencias de don Ernesto, le tocaban el Son de Pedro Pineda para que bailara en la tabla, generalmente acompañado de Amaranta. Además de ellos, otras muchas parejas subían a demostrar su destreza, al compás de un gusto o de un son, tales como La tortolita, La rabia, Viva Tlapehuala y El gusto federal.

La gente se iba muy contenta por haber disfrutado del cariño de los amigos, de la gracia y belleza de las mujeres, de las bondades del mezcal de Zihuaquio, del sabor exquisito del mole con tamales nejos, de los pilinques, las carnitas y el frito, además de la música con sabor calentano, que reforzaba la identidad y alegraba los corazones.

En las fiestas, a don Ernesto le gustaba sacar a bailar a su ahijada cuando tocaban Felicidades, el corrido de Zirándaro o algún bolero. Cuando estaba más contento, el padrino cantaba Cada noche un amor.

En los bailes, Amaranta se divertía más que nadie. Bailaba con todos y terminaba exhausta. Siempre procuraba bailar una o dos canciones con su padrino.

Don Ernesto y su ahijada también disfrutaban de las recogidas en Santa Rosalía, de las fiestas de septiembre y de una que otra pelea de gallos, además de las carreras de cintas, donde Churupitete ganó, durante muchos años consecutivos.

En las corridas de toros, Amaranta disfrutaba mucho el ambiente y admirar el porte varonil de su padrino, montado en su caballo, al que hacía bailar como nadie, y su destreza para lanzar piales y tirar al toro.

De igual forma, asistían con regularidad al cine Pineda y eran de las pocas personas que permanecían hasta el final de la función cuando se exhibían películas en inglés, “americanas”, les decían en el pueblo.

Los días de san Juan, remontaban a La Guachita a su infancia, cuando acudía con sus papás y hermanos al patio del avión, por la tarde, portando una prenda de vestir de color rojo y con la intención de probar el atole de ciruela de amigos y familiares, además de compartir el propio. Amaranta convencía a don Ernesto para que cada año asistieran al campo de aviación y contribuyeran, con ello, a preservar esa costumbre tan bonita y peculiar.

 

El timbre del teléfono cortó de tajo los recuerdos de Amaranta.

– Bueno –contestó ella-.

– …

– Hola, doctor. ¿Cómo está?

– …

– ¡Qué bueno, me da gusto!

– …

– Adelante, lo escucho.

– …

– ¿Está usted seguro?

– …

– ¿Hay necesidad de realizar más pruebas?

– …

– Bueno, pues muchas gracias, doctor. En un rato más le hago la transferencia por el monto de sus servicios. Bye.

– …

Al concluir la conversación, Amaranta sostuvo el aparato telefónico un buen rato, mientras sus pensamientos procesaban la información recibida por el doctor.

Depositó el teléfono en la base y después lloró largo rato. Al recuperar la calma, pensó por un momento en llamarle por teléfono al celular de Pablo Emilio, pero enseguida desistió, optó por seguir el plan que se había trazado.

Se arregló para salir y le dijo a doña Agustina que iba a la iglesia, que no tardaría mucho. En su diálogo con Dios, le agradeció que le hubiera dado la oportunidad de vivir, de haber tenido la familia que tuvo, de permitirle conocer a un ser humano tan especial como su padrino, de hacerle realidad casi todos los sueños y de contar con Pablo Emilio en ese evento tan trascendente.

Regresó a su casa y vio que doña Agustina ya se había retirado. Destapó una cerveza y se acostó en una de las hamacas del corredor, con la intención de dormirse, pero antes de ello quería continuar su ejercicio memorístico, así que se ubicó en el año 1980. En mayo nació Úrsula, la hija de Tzirandi y Carlos Augusto. En junio, Gilberto terminó el bachillerato e inició una licenciatura en la Universidad Nacional Autónoma de México. En septiembre, Luis Pedro y Marfelia tuvieron a Pablo, su primogénito. En diciembre, se casó Dalia con Efraín, su novio de toda la vida.

El último día de ese año concluyó el período presidencial de Luis Pedro y la mayoría de los zirandarenses coincidía en que había hecho muy buen papel. Entre sus obras más importantes se encontraban la construcción de dos albergues escolares, uno en Guayameo y el otro en la cabecera municipal. De igual forma, instaló una academia de taquigrafía, gestionó y obtuvo un terreno para la construcción de un campo de futbol en El Barrio. Amplió tres calles del pueblo y construyó la capilla del panteón municipal.

En 1980, Luis Pedro y su familia abandonaron Zirándaro. Su destino fue Chilpancingo, porque él deseaba continuar allá su carrera política.

De nueva cuenta, Amaranta se quedó sin hermanos en el pueblo, así que se refugió aún más en su padrino.

 

Con ese recuerdo, Amaranta se durmió profundamente.

Despertó después de dos horas, con mucha hambre. Fue a la cocina para ver qué le había preparado de comer doña Agustina.

– ¡Hum, carne de cuche! –Manifestó con agrado y saboreándose, desde ya-.

Se sirvió un buen plato de carne con frijoles, aguacate, cebolla en rodajas, con limón y un pedazo de queso fresco.

En el refrigerador encontró una jarra de agua de limón y un pedazo de ate, para el postre.

Se calentó dos tortillas y comió despacio, seguía rumiando recuerdos y no podía evitar una sonrisa de satisfacción.

Una vez que terminó, vació los restos de comida en el bote de la basura, llevó los trastes al fregadero, les echó agua y se fue a preparar una paloma, con tequila Don Julio reposado.

Se subió a la terraza, se llevó la botella de tequila, refresco de toronja y un recipiente con hielos. Le dio un trago grande a la bebida y comenzó a recordar lo sucedido en su vida, a partir de 1980.

Amaranta veía a sus hermanos, por lo menos, dos veces al año, ya sea que ellos fueran a Zirándaro o que ella los visitara, con su padrino, en la ciudad de México o en Chilpancingo.

Con cierta regularidad, preguntaba a la familia de Pablo Emilio por él y le decían que seguían sin recibir noticias de su parte. Algunos de los familiares creían, sin afirmarlo de manera contundente, que tal vez ya había muerto, porque su silencio no era normal. Sin embargo, Amaranta no lo creía, algo en su interior le gritaba que estaba vivo y que algún día iba a regresar a Zirándaro. La Guachita se dio cuenta que para esas fechas pedía informes de Pablo Emilio por costumbre, porque para entonces él era más un pálido recuerdo que una presencia viva, que una posibilidad real.

En 1982, Luis Pedro y Marfelia tuvieron a su segundo hijo, Luis Ángel, mientras que Dalia y Efraín debutaron en ese terreno con Gerardo.

 

Amaranta apuró el contenido de su vaso, se preparó una segunda paloma, mientras evocaba los logros personales de sus hermanos: Luis Pedro fue diputado local y secretario general de gobierno del estado de Guerrero, vivía feliz con su esposa e hijos.

Tzirandi seguía viviendo una vida de película. Era inmensamente feliz con su esposo y sus dos hijos.

Gilberto se había titulado como licenciado en derecho, era socio fundador de un despacho muy prestigiado y se había casado con una zirandarense, Cecilia, con quien procreó un par de nenas: Magdalena y Amaranta, como la tía.

En resumidas cuentas, don Erasmo y doña Magdalena podrían estar satisfechos donde se encontraran, porque habían contribuido a generar un mundo mejor, toda vez que tres de sus hijos eran seres humanos positivos, felices, generosos, solidarios y exitosos.

Amaranta pensó que ella era otro cantar. No había obtenido todo lo que deseaba, pero, a su modo, era tanto o más feliz que sus hermanos. Vivió momentos muy difíciles, dolorosos, pero el balance de su existencia era favorabilísimo. No se arrepentía de ninguna de sus decisiones porque la habían realizado plenamente. De ser el caso, repetiría su vida tal cual, quizá lo único que pediría era tener el privilegio de tener un hijo y verlo crecer a su lado, lleno de tanto amor que tenía para darle y que tuvo que canalizar hacia sus bellos sobrinos.

La Guachita se preparó una tercera paloma, porque necesitaba cierta dosis de valor etílico, para abrir uno de los cofres de su tesoro y sabía que ello la iba a hacer llorar. Fue por dos álbumes fotográficos y vio cada foto con detenimiento, antes de observar la que seguía revivía los momentos que propiciaron dichas fotografías. Degustó la miel de haber vivido esas experiencias y se tuvo que beber la hiel de saberlas perdidas, para siempre.

En las distintas fotos, Amaranta veía a su padrino como era siempre: sereno, inteligente, varonil, pícaro y muy bondadoso. Besó una fotografía de él y lloró amargamente durante algunos minutos.

Al recuperarse, La Guachita reeditó una de sus convicciones más profundas: jamás iba a volver a conocer a alguien como su padrino, por lo tanto, a nadie querría igual y siempre habitaría su mente y corazón.

Apuró el contenido del vaso y se sirvió una bebida más, la necesitaba para adentrarse en uno de los eventos más dolorosos de su existencia: la separación de don Ernesto.

Cuando La Guachita creía que su mundo denominado Tondoche iba a durar para siempre, surgió la necesidad de viajar a Morelia, Michoacán, el mes de junio de 1991. Diversas circunstancias obligaron a don Ernesto y a su ahijada a permanecer en la capital michoacana hasta el mes de febrero siguiente.

Un día después de que retornaron a Zirándaro, el señor Ruiz le comentó a Amaranta que tenía que regresar a Morelia de inmediato, porque iba a realizar un negocio excelente. Antes de irse le encargó a sus trabajadores que cuidaran y protegieran a su ahijada.

Don Ernesto estuvo fuera de Tondoche una semana y Amaranta estaba muy triste, nunca se había separado tanto tiempo de su padrino. Él le dijo a su ahijada que ya se había concretado el negocio en Morelia, que iba a vender el otro rancho que tenía y que requería viajar cada 15 días a la ciudad michoacana, para echar a andar el negocio y para seguir de cerca su funcionamiento. Además, iba a comprar una casa para tener dónde vivir.

Amaranta veía distinto a su padrino, a pesar de que él se mostraba como siempre: atento, generoso, dispuesto, solícito y cariñoso. Suponía que esa nueva actitud y los viajes serían pasajeros y que, tarde o temprano, todo volvería a la dulce normalidad.

Don Ernesto contrató a un capataz para que se encargara de las tareas más arduas del rancho y que no permitiera que decayera en su ausencia. Amaranta tenía libertad absoluta para tomar las decisiones que se requirieran. El capataz se llamaba Fortunato Cárdenas.

Con el correr de los días, Fortunato demostró ser muy bueno en todo lo que hacía. Por las noches, se ponía a tocar la guitarra y a cantar. Amaranta lo escuchaba y concluyó que tenía muy buena voz y un estilo muy singular para interpretar las canciones rancheras.

Tal como lo prometió, don Ernesto llegaba a Tondoche cada 15 días, permanecía dos o tres y regresaba a Morelia. Amaranta, que lo conocía muy bien, le descubrió un brillo nuevo en la mirada, una mirada de amor evidente.

Cada vez que el señor Ruiz estaba en el rancho se entrevistaba con Amaranta y Fortunato, para que lo pusieran al tanto de lo que sucedía y, al final, indefectiblemente, recalcaba dos cosas: que las decisiones de Amaranta eran las de él y que su ahijada y el capataz tenían que realizar muchas de las tareas juntos y de manera coordinada.

La instrucción de don Ernesto fue cumplida al pie de la letra, así que Amaranta y Fortunato tuvieron que trabajar codo con codo, cotidianamente. De la relación laboral surgió una relación amistosa entre ambos, andaban juntos para todos lados y hasta por las noches se reunían para conversar y cantar.

El trabajo en equipo rindió frutos de inmediato y, en todos sentidos, el rancho prosperó como nunca antes y el vínculo de Amaranta con Fortunato se hizo más sólido cada día.

Los viajes de don Ernesto a Tondoche se espaciaron mucho en 1995.

El mes de agosto de ese año, Fortunato viajó a Morelia para informarle a su patrón sobre la marcha del rancho y, además, aprovechó la oportunidad para pedirle la mano de Amaranta. Don Ernesto le dijo que a él no le correspondía conceder la mano o negarla, que su ahijada era mayor de edad, por ende, sólo a ella le tocaba decidir al respecto. Fortunato le comentó que Amaranta puso como condición para aceptarlo, que su padrino estuviera de acuerdo. El señor Ruiz finalizó la conversación al decir que él no tenía ninguna objeción, que Fortunato le merecía una muy buena opinión y que si su ahijada lo había aceptado era porque sabía que iba a ser feliz con él.

A los pocos días, don Ernesto viajó a Tondoche y, después de saludar a todos, habló a solas con Amaranta y con Fortunato.

– Princesita, ya me dijo Fortunato que están comprometidos y me da mucho gusto. Sé que ambos van a ser muy felices. Este rancho es tuyo, desde ahora, así que puedes disponer de él como te plazca. ¡Felicidades!

– Gracias, padrino, pero no es necesario que me ceda el rancho. Si usted no tiene inconveniente, aquí podemos vivir los tres.

– No, princesita, quédense ustedes aquí, yo me voy a ir a vivir a Morelia, después de su boda, si es que me invitan.

– ¡No me diga eso, padrino, yo quiero que usted me entregue!

– Cuenta con ello, será un privilegio para mí entregar a la mujer más hermosa del mundo.

– ¡Pues no le creo, ya no me quiere como antes!

– No digas eso, nunca voy a dejar de quererte.

– Entonces, ¿por qué ya no vive conmigo y por qué se va a ir a vivir a Morelia? Usted dijo que nunca se iría de Zirándaro, a menos que fuera absolutamente necesario.

– Pues ya lo es.

– Oiga, padrino, ¿puedo hablar con usted a solas?

– Claro que sí, cuando quieras. Ahorita no puedo porque voy a Zirándaro a resolver algunos asuntos pendientes.

Don Ernesto regresó a Morelia al siguiente día y nunca pudo conversar a solas con su ahijada, a pesar de que ella lo buscó en distintos momentos. Siempre había algo que lo impedía.

Una noche de noviembre, Amaranta y Fortunato fueron a Zirándaro a pasear por el jardín. La Guachita se quedó sin habla y sin aliento cuando vio frente a ella a Pablo Emilio. ¡No daba crédito a lo que sus ojos veían! Se soltó del brazo de su prometido y corrió a  abrazar a su amigo de la infancia, pero éste no correspondió a la efusiva muestra de cariño de ella, únicamente la dejó hacer. Cuando La Guachita se percató de la frialdad de Pablo Emilio, rompió el contacto. Entonces, él le presentó a la mujer que lo acompañaba, dijo que era su esposa. Amaranta no presentó a Fortunato, porque Pablo Emilio ya lo conocía, incluso habían sido amigos en el pasado. Conversaron brevemente y luego se despidieron.

En diciembre, Amaranta y Fortunato se casaron. La novia lucía muy bella, a los treinta y cinco años de edad se veía plena y radiante. Fue una fiesta muy bonita y emotiva. Estuvieron todos los seres queridos de La Guachita, hasta Pablo Emilio.

Antes de que finalizara el evento, Amaranta se acercó a don Ernesto.

– ¡Muchas gracias por todo, padrino! –Le dijo-.

– No tienes nada qué agradecer, princesita.

– ¡Por supuesto que sí, un gran porcentaje de mi felicidad se lo debo a usted!

– Agradezco tus palabras, pero no estoy de acuerdo. Los seres humanos como tú nacieron para ser felices totalmente, pase lo que pase. Tu naturaleza no admite la tristeza.

– Usted me quedó a deber algo.

– ¿Qué?

– Su presencia cotidiana los últimos años y una conversación a solas.

– Pues, discúlpame, pero no se pudo. Afortunadamente, todo salió bien y hoy te ves muy feliz.

– Lo estoy, Fortunato es un buen hombre y me adora. Pero, también estoy muy triste.

– ¿Por qué?

– Porque voy a perderlo a usted. ¡Se va de mi lado el hombre que más me conoce, mi apoyo, mi guía, mi protector, en fin, el ángel de mi vida!

– No. no me voy, únicamente voy a ubicarme en el rol que me corresponde ahora en tu vida. Siempre estaré disponible para ti, pero ahora tienes a tu lado a una persona que te ama y que va a empeñar hasta su alma para hacerte todo lo feliz que se merece un angelito como tú.

– ¡Lo voy a extrañar, padrino! ¡Abráceme y no me suelte durante un buen rato! ¡Dígame que me quiere y que me perdona si en algo le fallé!

– Tú bien sabes el tamaño y la naturaleza de mis sentimientos hacia ti. No tengo nada qué perdonarte, por el contrario, no existen palabras para expresar, siquiera, la felicidad inconmensurable que me hiciste conocer. Nunca me fallaste, eres el mejor acierto en mi vida. ¡Que Dios te bendiga, siempre!

Amaranta y don Ernesto se fundieron en un abrazo prolongado. Al romper el contacto, se regalaron una mirada postrera y cada quien descubrió, en los ojos del otro, un sentimiento mellizo inamovible y la despedida a toda una vida de complicidad deliciosa e identificación absoluta.

 

Amaranta interrumpió el hilo de sus recuerdos porque un llanto amargo y doloroso la arrancó de la abstracción. Se terminó la bebida de un trago. Se preparó otra paloma y se la tomó de un pegón.

– ¡Padrino –dijo con voz ronca y con dificultad por el llanto que la ahogaba-, yo no sabía que ésa era nuestra despedida final! ¡De haberlo sabido no te hubiera dejado ir, te hubiera dicho cuánto te quería y todo lo feliz que me hiciste!

La Guachita continuó su llanto desgarrador y antes de dormirse, recordó que el mes de febrero de 1996, recibió una llamada telefónica de Morelia, de una mujer de nombre Emma, quien dijo ser pariente de don Ernesto, agregó que le llamaba por instrucciones del señor Ruiz, quien le había pedido que si algo le pasaba le informara a ella, a Amaranta Pineda González, su princesita.

Doña Emma le comunicó que unos minutos antes había fallecido el señor Ernesto Ruiz.

 

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