Septiembre 4, 2019.

IVETTE PINEDA PINEDA, UN ÁNGEL TERRENAL VITALÍSIMO

Que injusta, que maldita,

que cabrona la muerte, que

no nos mata a nosotros,

sino a los que amamos.

Carlos Fuentes.

Tuve el inmenso privilegio de conocer a Ivette Pineda Pineda, si no mal recuerdo, en septiembre de 2002, y de disfrutar de su agradable conversación en distintas oportunidades. Nuestra sintonía fue inmediata en diversos aspectos.

La primera noticia que tuve de ella fue a través de sus letras. Devoré Corazón verdad a medias y enseguida me surgió la imperiosa necesidad de conocerla personalmente. Agendamos una cita y me recibió en su casa, creo que fue en la delegación Benito Juárez.

Desde el principio se manifestó como una magnífica anfitriona y una excelente interlocutora. Inicialmente habló de sus orígenes, de Zirándaro y de Las Pineda, con un timbre de orgullo, nostalgia y sentido de pertenencia. Después transitamos por el mundo de las letras. Su palabra fácil y su profundidad me atraparon de inmediato, sabía lo que quería y quería lo que sabía. Además, en su inmensa generosidad se interesó por mis quehaceres cotidianos, lo que evidenció su enorme calidad humana.

Su risa alegre y libérrima, con tonos de fumadora contumaz, invitaba a conocerla más, a estar cerca de ella para disfrutar su agradable personalidad. Fue una inversión profundamente redituable. Tenía la difícil facilidad de hermanar los corazones, por ello, me traje mucho más de lo que aporté.

Cuando se dio cuenta de mi asombro por tantas coincidencias en nuestras formas de ser y pensar, dijo, de manera contundente e irrefutable: “recuerda que somos puntas de una misma reata”.

A partir de entonces nos entrevistamos con regularidad. Siempre nos convocó la afinidad.

Una de nuestras conversaciones se llevó a cabo en el restaurante del palacio de Bellas Artes. En esa ocasión me limité a escucharla, a nutrirme con sus conocimientos literarios, a disfrutar con su visión personalísima del mundo y a deleitarme con sus comentarios amorosos sobre Fernando y sus hijos, la bella familia que habían formado.

Uno más de nuestros encuentros se realizó en avenida de La Paz, por los rumbos san angelinos. Días antes, por petición suya, le había entregado El Lenguaje de la piel, una versión preliminar de mis cuentos eróticos. Me devolvió el engargolado lleno de anotaciones y de viva voz emitió sus comentarios, percibí en ellos una dosis de tolerancia ante mis letras incipientes.

En otra ocasión, Ali y yo la visitamos en su nueva casa, por el rumbo de La Herradura. Fernando también estuvo y disfrutamos de una magnífica reunión. Ali regresó encantada por el trato cariñoso y generoso de los anfitriones. Yo, continuaba acumulando razones para seguir queriendo y admirando a Ivette.

En reciprocidad, los invitamos a nuestra casa en Cuernavaca para disfrutar de una reunión salpicada de voces y guitarras. Le encantó la idea y ella prometió que nos visitarían, lamentablemente no se concretó la posibilidad. Fue una lástima, porque, además de disfrutar de su grata compañía, íbamos a tener la oportunidad de corresponder a sus gentilezas y escucharla cantar.

Una muestra más de la generosidad de Ivette fue que nos regaló un cassette que grabaron ella y Beatriz, Bety, en donde interpretaban un ramillete de bellas canciones con sus magníficas voces.

Posteriormente, se presentó la oportunidad de colaborar juntos en la revista Voces de Tierra Caliente. Una vez más se hizo patente su esplendidez cuando aceptó participar en una aventura que no le iba a redituar casi nada y, por el contrario, le iba a demandar tiempo y esfuerzo. Lo primero que yo leía, de todas las colaboraciones, era su columna, porque siempre me hacía reflexionar y me ponía de buenas.

Finalmente, la recuerdo atenta a todos los detalles y personas durante la presentación de su obra Una Mujer de dos siglos, en Morelia, Michoacán. Se desenvolvió con elegancia porque estaba en su elemento. Hablar de literatura la estimulaba, además, el amor y el cariño del público la hicieron sentirse en casa.

Me confió que, al escribir Una Mujer de dos siglos, la historia de su madre, había cumplido un anhelo largamente acariciado, pero que, para su sorpresa, el tono de la obra le significó más de un desencuentro con algunos familiares. No abundó ni pregunté más.

Más tarde, la vida trocó nuestros caminos convergentes en divergentes, pero suplimos nuestras ausencias con periódicas llamadas telefónicas, en las que siempre encontré a la misma MUJER inteligente, aguda, pícara, cariñosa, feliz y un largo etcétera que la anclaron para siempre en mi memoria y corazón.

Fue un ángel porque irradiaba luz, bondad, generosidad, amor, confianza, en fin, todo ese cúmulo de cualidades que mamó en el entorno familiar y que cultivó a lo largo de su existencia con todos los que interactuaron con ella.

Fue muy terrenal porque nada le era ajeno, conoció el mundo y sus placeres. Su incursión por el arte le refinó el sexto sentido para transitar de la mejor manera por este plano existencial. Conocía la importancia de darle su tiempo al que lo necesitara y valorara, en el momento idóneo, lo que le generó el amor, respeto y admiración de quienes la conocimos y disfrutamos.

Fue vitalísima porque le encantaba la vida y los frutos de la misma. Conjugó los verbos trascendentales en tiempo ideal. Fomentó sus grandes pasiones: la familia, los amigos, el arte y el orgullo por sus raíces.

Cada momento que compartí con la queridísima Ivette, Doña Gripes, resultó memorable. Su naturaleza no conocía las medias tintas, así que siempre se manifestaba a plenitud. Por ello era tan auténtica, tan disfrutable. Sus ojos claros anticipaban con nitidez su estado de ánimo y la carcajada explosiva denotaba su alegría sin ataduras, su satisfacción por la vida vivida y la tranquilidad espiritual derivada de amar y ser amada.

Comparto plenamente la aseveración de que una persona muere en realidad cuando dejan de recordarla los que la conocieron. En consecuencia, Ivette nunca morirá porque tuvo la virtud de tocar los corazones que conoció y cultivó. Justamente en ese sitio vivirá por siempre, en el rincón de los sentimientos puros y trascendentes.

La noche de su velorio (21 de agosto), Bety y Humberto le cantaron a Ivette con sus voces educadas, que reflejaban, muy a su pesar, la triste alegría de ya no contar con la otra Mosquetera, quien, sin duda, los escuchaba con oídos atentos y el corazón complacido, en espera del momento oportuno para hacer la tercera voz.

¡Hasta siempre, querida Ivette!

Javier Pineda Bruno.

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